Crecer no es igual que madurar

By Psicomata - 11 mayo

 Trabajar con personas de distintas edades agrupadas por éstas, te da perspectiva de cómo evolucionamos los seres humanos y cómo nos vamos cambiando. Hasta cierto punto podría decir de cómo nos volvemos más ¿tontos? ¿Es esa la palabra correcta? Perdonarme si os parezco "impolite".

 Si bien es cierto que hay algunas mejoras que ocurren, en muchas otras vamos a peor y nos volvemos más farrucos e ignorantes, más adolescentes (que no niños).

 En las clases de inglés tenemos grupos como digo de distintos niveles. Cuando faltan alguno de los niños, el resto pregunta por él. Le echan de menos y dicen frases como: "uy, qué pena que Fernandito no haya venido hoy". Sin embargo, una vez dicho esto, siguen con su tarea y siguen jugando como si Fernandito hubiera venido a clase.

 Con los adultos, no es lo mismo. Se quedan estancados en esa persona que no está. E, incluso, durante la clase y después de ella afirman que hoy han hablado peor en inglés porque esa persona no estaba.

 Esto pasa en una clase que dura una hora o dos como máximo. Pero lo mismo se traslada a las relaciones personales. Cuando alguien nos deja, no nos influye sólo en el área que esa persona nos ha dejado, sino también en otras áreas de nuestra vida. Es decir, si es en el amor también nos afecta en el trabajo, en las relaciones con nuestras amistades o, incluso, en la salud.

¡Ojalá pudiéramos volver a ser como niños que, aunque nos afecte la pérdida, podamos seguir con las distintas áreas como si nada pasara!


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5 comentarios

  1. Cuando no se pierde la niñes se fluye en todas las direcciones.


    Un Abrazo.
    Gracias.

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    1. Gracias a ti por comentar.

      Más niños y menos adolescentes :)

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  2. Se que en estas palabra hay algo poderoso.
    Mientras sigo leyendo...
    Síguenos brindando tus escritos.

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  3. Se que en estas palabra hay algo poderoso.
    Mientras sigo leyendo...
    Síguenos brindando tus escritos.

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    Respuestas
    1. Muchísimas gracias, Carlos.

      ¡Qué bonito eso que me dices...!

      Gracias, de verdad...

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Alternativas a la tristeza: leer.

Sergio Fernández