Historias de viajes: el bus urbano

By Psicomata - 19 marzo


Enamorarse a los 60
Una historia real de que se puede encontrar el amor a cualquier edad 
Los vi una noche cuando se subieron al autobús. Se montaron dos paradas después de la nuestra. Me llamó la atención el gorro que cada uno llevaba puesto: él en un estilo ruso, perfectamente prevenido para el frío; ella al estilo francés, ese estilo que a muy pocas personas les sienta bien. Sin embargo, en ella era el complemento perfecto que terminaba de resaltar su elegancia.

No solo me llamaron la atención los gorros. Creo que nunca me hubiera fijado en los gorros, sino hubiera sido por la alegría que arrojaban. Eran de estas parejas que se nota que son felices, que están encantadas de estar juntos.

En esta ciudad es raro ver a gente de su edad a esas horas montada en el autobús, pero cuando les vi a ellos ni caí en esto. Hice un cálculo mental rápido. Deduje que tendrían alrededor de unos 65 años, luego descubrí que había deducido bastante mal.

Mi madre, en ese momento, iba distraída puesto que era impensable que nadie que fuera en ese autobús no se hubiera fijado en esa pareja mayor tan elegante y tan feliz. Entonces le comenté:

-          ¿Has visto a esa pareja que acaba de entrar?

-          ¿A quién?

-          A los señores del gorrito – mi madre siempre me ha enseñado que es de buena educación tratar a la gente de “señor”.

-          No, no me había fijado.

-          Van súper elegantes. Les sienta tan bien el gorro… Además, desprenden felicidad… Se nota que lo son. ¿Serán pareja?

Entonces, la mujer giró la cabeza y mi madre dio un sobresalto de alegría: ¡Pero si es la madre de Marilines)!- casi gritó. En ese momento, nos acercamos a saludarla y, así pude descubrir una bella historia de vida cotidiana:

                Ella, la madre, que podía presumir de tener una sonrisa espléndida y contagiosa, había perdido a su hija unos años atrás, debido a esa enfermedad que tantas sonrisas ha robado pero que también tantos héroes y heroínas ha realzado. Al poco tiempo de que su hija falleciera, murió su marido lo que habían sido “dos golpes muy gordos demasiado cercanos en el tiempo”. Después de contar alguna anécdota de cuando su hija y mi madre iban al colegio juntas (ahí comprendí que me había equivocado al calcular su edad), pronto nos dijo muy orgullosa que tenía 79 años, a punto de cumplir los 80.

                Él también era bastante mayor de la edad que había supuesto pero más joven que ella. Tenía 75 años y una historia de vida similar. Aunque también había perdido un hijo cuando este era un bebé por la “falta de medios de esos tiempos” lo peor para él, según nos dijo, había sido la pérdida de su mujer. Su mujer había fallecido diez años atrás por la misma enfermedad de la elegante señora del sombrero francés. Según nos contó, había sido una enfermedad larga pero “muy buena” hasta el final. Todavía se podía percibir el amor que había tenido a su primera mujer y se le notaba muy orgulloso de los años que había pasado a su lado, especialmente de los años en los que la había cuidado.

Y fue la enfermedad la que los unió. Después del fallecimiento de sus familiares, ambos continuaron colaborando en la asociación que ellos sentían que tanto les había ayudado y un día participando en una actividad para la búsqueda de recursos económicos para la investigación, coincidieron en el mismo grupo de voluntarios y a partir de ahí ya no se separaron. Primero, participando en todas las actividades que la asociación organizaba (de hecho, les nombraron los voluntarios más activos), para después compartir otro tipo de actividades más lúdicas, al principio en compañía: iban al baile, a jugar a las cartas, a los viajes de la parroquia... Luego otras más solitarias: el parque, tomar un chocolate con churros, un helado de Regma…

Conforme nos contaban su historia de amor, historia ante la cual no podíamos ni interrumpirles por lo interesante que era, a cada palabra que decían más se regocijaban en la gratitud de haberse encontrado. A pesar de esto, también se notaba un cierto grado de culpabilidad por la capacidad de sentir amor después de haber dejado atrás mucha gente importante en su camino. Pero se sentían tan dichosos de haberse encontrado a esa edad que muchos piensan y se atreven a decir que lo único que queda es esperar a la innombrable. Felices de amar y ser amados.

Pronto, él avisó que iban a llegar a su parada: ¡Qué pena! Les hubiera hecho tantas preguntas- pensé. Entonces, él se despidió y se fue hacia la puerta. Y ella aprovechó para confesarnos que todos estos años, la visita semanal al cementerio, típica entre la gente más mayor, se les había hecho más llevadera, al hacerla en compañía del otro,  y delante de cada tumba, con un simple gesto, un apretón mutuo muy fuerte de las manos con los dedos entrelazados, se decían: ¡la vida me quitó y luego me dio, cuando parecía que ya nada me iba a sorprender, un último regalo!

Como en ese momento, se nos saltaron las lágrimas, entonces Isabelita que, según mi madre, siempre había sido muy chistosa,  se percató y dijo: Y no veáis lo bien que nos lo pasamos ¡o es que se piensan que los viejos no tenemos derecho!

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6 comentarios

  1. Que bonita historia de amor. El amor maduro es mas dulce, no hay intereses individuales, solo hay amor, cuidando el uno del otro. Ay!!! cuanta sabiduría hay en ellos.
    Un abrazo guapa

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    1. Pues sí. Así es. No sé que nos pasa entre las edades del medio: entre la infancia y la madurez ;)
      Beso Clara

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  2. A Paz de Cristo,

    Conhecer seu blog alegrou meu coração, e um bálsamo para todos que acessam esse espaço abençoado.

    Como prova do meu amor cristão deixo uma lembrancinha que fiz, espero que goste do acróstico:

    C ultivar uma vida de oração.
    R evigorar-se pela leitura diária da Palavra.
    E star sempre disposto a obedecer a Deus.
    S er uma testemunha fiel no viver e no falar.
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    E sperar de Deus a orientação para a vida.
    R evestir-se do poder do Espírito Santo.

    Nós precisamos CRESCER na Graça e no conhecimento do nosso Senhor e Salvador Jesus Cristo.
    A propósito, caso ainda não esteja seguindo o meu blog, deixo o convite.
    http://frutodoespirito9.blogspot.com/

    Em Cristo,

    ***Lucy***

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Alternativas a la tristeza: leer.

Sergio Fernández